Sol. Has sido benerado como un Dios; acogido por todas las culturas, bautizado con mil nombres. Salvador de los días lluviosos destructores de cosechas, despertador de gallinas, enemigo de los vagos y amigo de los trabajadores, creador de colores y destructor de las estrellas. Motor de la vida, oxígeno de la fotosíntesis, entusiasta de la fotografía, espejo de la belleza, soberano del firmamento, rey de un reino compartido con la Luna.
Reina Luna, te conozco por ser la Luna mora, bañas África con sutileza filtrando la luz del Sol. Los rayos son dulcificados con tu cuerpo y reflejados por tus manos. Aliviadora de vagos, descanso para trabajadores, destructora del espectro visible y creadora de las estrellas. Romántica y preciosa, comedida y puntual: eres para mí una Diosa de la paz, acentuadora de la sensualidad. Soberana de la noche, reina de un reino compartido con el Sol.
No sabíais compartir vuestro reinado, quisisteis evitar vuestro encuentro. Creasteis un tiempo sin vida, habéis dejado el cielo destronado del lugar que cobija a los astros. El cielo, temeroso y precavido, cerja cada madrugada lo que no es de día, y tampoco de noche. La Luna aprovecha para marcharse y el Sol, cuando ésta no está, resurge de sus cenizas, imitando al ave Phoenix, tras cruzar la línea del campo inerte de la hora gris.
Limbo inapreciable de la vida, justificado por los hombres que creen que compartís trono y justamente es cuando el trono está vacío. Juntos formáis la vida, sois el alfa y la omega del día, ciclo indestructible irradiadores de fe que me dais esperanza y me hacéis creer que la muerte es simplemente una hora gris, y que ocuparán mi lugar y podré volver a salir.
Empezasteis con odio, sin pensar en que compartiríais la eternidad. Ahora os amáis, porque el tiempo os ha enseñado vuestro destino. La vida se ha acondicionado a que reinéis por separado y es ahora cuando sufrís y corréis jadeantes en la hora gris para poder abrazaros apenas veinte minutos al día.
Vírgenes incondicionales, vivís del erotismo, de la espera y del recuerdo. Condenados a no estar juntos por no haber sabido amar. El odio os ha enseñado a quereros.
Reina con rey inalcanzable, Rey que no duerme por observar a su desnuda Luna mora. Esperáis con un nudo indestructible a la pasión con que la hora gris os bendice ante los ojos espectantes de las estrellas. Tras fundiros en un furtivo beso, la Luna con lágrimas en los ojos se despide de su amado para que éste pueda iluminar lo que los hombres no pueden ver. Cada día, a las cinco y media de la madrugada miro por la ventana y la luz grisácea de la no-noche y el no-día me recuerda que es el momento en el que estáis abrazados. Sola en una gran cama, abrazo a mi almohada esperando a mi rey Sol y suplicando no vivir la condena que tenéis que cumplir.
Es entonces... cuando oigo el canto del gallo dando los buenos días a su rey.
Para Claudia, con amor.